El emperador y los higos

por Anónimo


Un emperador, viendo a un viejo plantar una higuera, le preguntó por lo que hacía. El labrador le contestó que si le alcanzaba la vida comería de la fruta; pero si no, su hijo disfrutaría de los higos.

—Bien—respondió el emperador—si vives para llegar a comer los frutos de este árbol te ruego que me lo hagas saber.

El hombre lo prometió, y por cierto que su vida se prolongó lo suficiente para que el ábol creciera, dando fruto que el viejo comió.

Metiendo unos cuantos higos de los mejores en una cesta, se fue al palacio y, explicado el objeto de su visita, fue conducido por los guardias a la presencia del emperador.

Este quedó tan contento que aceptó el regalo de higos y mandó que llenaran de oro la cesta del viejo.

Pues bien, cerca de la casa del viejo, vivía una mujer muy avara y codiciosa, la cual, viendo la buena suerte del hombre, metió algunos higos en una cesta y persuadió a su marido a que los llevara al emperador, confiando, sin duda, en que el soberano le devolvería la cesta llena de oro.

Pero el emperador, al saber el propósito del hombre, mandó que lo llevaran al patio y apedrearan con los higos. Cuando el marido llegó a casa y contó a su mujer lo sucedido, esta le consoló diciendo:

—¡Aún puedes dar gracias de que eran higos y no cocos duros!

Del Talmud.

Esta fábula la trae al Fabulario Don Alejandro.