El labrador y la Providencia

por Félix María Samaniego

español · 1745–1801


Un labrador cansado
En el ardiente estío
Debajo de una encina
Reposaba pacífico y tranquilo.
Desde su dulce estancia
Miraba agradecido
El bien con que la tierra
Premiaba sus penosos ejercicios.
Entre mil producciones
Hijas de su cultivo,
Veía calabazas,
Melones por los suelos esparcidos,
« ¿Por qué la Providencia.
Decía entre sí mismo,
Puso a la ruin bellota
En elevado, preeminente sitio?
¿Cuánto mejor sería
Que trocando el destino.
Pendiesen de las ramas
Calabazas, melones y pepinos? »
Bien oportunamente.
Al tiempo que esto dijo,
Cayendo una bellota,
Le pegó en las narices de improvisto:
« Pardiez, prorrumpió entoces
El labrador sencillo;
Si lo que fué bellota
Algún gordo melón hubiera sido
Desde luego pudiera
Tomar a buen partido
En caso semejante
Quedar desnarigado, pero vivo ».

Aquí la Providencia
Manifestarle quiso,
Que supo a cada cosa
Señalar sabiamente su destino;
A mayor bien del hombre
Todo está repartido;
Preso el pez en su concha,
Y libre por el aire el pajarillo.

Esta fábula la trae al Fabulario Don Alejandro.