Fábula con perro y cochino

por Aquiles Nazoa

venezolano · 1920–1976


Para eludir su trágico destino
de morir bajo el palo cochinero,
un astuto cochino
optó por escaparse del chiquero,
dejando en su lugar un sustituto
que tuviese la cara “acochinada”
a fin de que el criador, que era algo bruto,
no sospechara nada.

   Con este plan en mientes, un domingo
llamó nuestro cochino al perro chingo
que cuidaba la casa
y le observó en el tono más sincero:
—Yo no sé, francamente, lo que pasa,
pero el mundo es injusto, compañero:
mientras yo me reviento de la grasa,
usted se va quedando en el huesero…
¿Verdad que es harto injusto
el que sea usted flaco y yo ribusto?

   —Hombre —le dijo el can—, pero ¿qué se hace?
¿Cómo no va a ocurrir que yo adelgace
y que de raquitismo me desplome
si usted aquí es el único que come?

   Y el astuto cochino, con malicia:
—Tiene razón —le dijo— compañero,
y para reparar tanta injusticia
yo le voy a dejar este chiquero.
—¿Y quién cuida la casa?
—preguntó el perro. Y el cochino: —Yo.
Eso me hará muy bien para la grasa…
Conque diga si acepta: ¿Sí o no?…
Y así fue como el cambio se efectuó.

   Dueños de un gran talento imitativo,
de sospecha jamás dieron motivo:
Con la destreza del mejor marrano,
se revolcaba el perro en el pantano,
y el cochino ladrábale a la luna
con la más alta técnica perruna.

   Vivieron de ese modo un año entero…
Hasta que una mañana el hombre vino
y creyendo que el perro era el cochino
lo liquidó de un palo cochinero.

   —¡De la que me he salvado!,
—dijo entre sí el cochino entusiasmado.
Y se puso a reír como una hiena…
Pero entonces el hombre que envenena
llegó como un enviado del Destino
y sin ninguna pena
creyendo que era un can, ¡raspó al cochino!

Esta fábula la trae al Fabulario Don Alejandro.