Júpiter y el caballo

por Anónimo


— PADRE de las fierras y de los hombres—así decía el caballo ante el trono de Júpiter—es posible que yo sea una de tus más bellas obras, y así lo creo para satisfacción propia. Pero, ¿no habría algo que perfeccionar en mí?

—¿Qué es lo que a tu juicio puedo mejorar en ti? Veamos. Te escucho;—respondió el buen Júpiter, sonriente.

—Quizás—respondió el caballo, sería yo mejor corredor, si mis patas fuesen más altas y sutiles. Un cuello, como el del cisne, no me iría mal. Un pecho más ancho que este aumentaría mi fuerza. Y, ya que has destinado obligándome a llevar sobre mí al hombre, tu favorito podría muy bien tener por naturaleza la silla que los mortales me ponen para montarme.

—Esta bien—repuso Júpiter—¡Un momento!

Júpiter, revestido de seriedad, pronunció la palabra de la creación. Y he aquí que la vida brotó del polvo: se animó la materia y repentinamente apareció ante el trono… El camello.

El caballo lo vio y tembló.

—Ahí tienes—dijo Júpiter, patas más altas y sutiles, un cuello más largo, un pecho más ancho y una hermosa silla natural. ¿Quieres caballo, que te transforme en tal guisa?

El caballo temblaba.

—Vete—prosiguió Júpiter—bástete por esta vez la advertencia. Y para que jamás se borre de tu memoria tu impertinencia y te dure el arrepentimiento, quédate tú también en el mundo—y Júpiter echó al camello una mirada de conservación;—pero, ¡que jamás te vea el caballo sin echarse a temblar!

Autor desconocido.

Esta fábula la trae al Fabulario Don Alejandro.