La águila, la gata y la jabalina*

por Félix María Samaniego

español · 1745–1801


Una águila anidó sobre una encina.
Al pie criaba cierta jabalina,
y era un hueco del tronco corpulento
de una gata y sus crías aposento.
Esta gran marrullera
sube al nido del águila altanera,
y con fingidas lágrimas la dice:
-¡Ay mísera de mí!, ¡ay infelice!
Éste sí que es trabajo;
la vecina que habita el cuarto bajo,
como tú misma ves, el día pasa
hozando los cimientos de la casa.
La arruinará; y, en viendo la traidora
por tierra a nuestros hijos, los devora.
Después que dejó al águila asustada,
a la cueva se baja de callada,
y dice a la cerdosa:—Buena amiga,
has de saber que el Águila enemiga,
cuando saques tus crías hacia el monte,
las ha de devorar; así disponte.
La gata, aparentando que temía,
se retiró a su cuarto, y no salía
sino de noche, que con maña astuta
abastecía su pequeña gruta.
La jabalina, con tan triste nueva,
no salió de su cueva.
La águila, en el ramaje temerosa
haciendo centinela, no reposa.
En fin, a ambas familias la hambre mata
y de ellas hizo víveres la gata.
Jóvenes, ojo alerta, gran cuidado:
Que un chismoso en amigo disfrazado,
con capa de amistad cubre sus trazas,
y así causan el mal sus aña
gazas.

—Félix María Samaniego.


*Nota de don Alejandro:

En esta fábula, la jabalina no es un arma ni una lanza—aunque ese es otro significado de la palabra—sino la hembra del jabalí, es decir, una cerda salvaje.

En el contexto de la fábula:

El águila anida en lo alto del árbol.La gata vive dentro del tronco, con sus crías.Y la jabalina (mamífero salvaje) cría a sus lechones en el pie del árbol, en una cueva o madriguera.

La fábula juega con la estructura vertical del árbol para mostrar cómo la gata—la más astuta y maliciosa—manipula tanto al ave como al animal terrestre para quedarse sola con comida (sus crías) y espacio.

¿Por qué Samaniego escribe la águila y no el águila?

Aunque en el español actual decimos el águila (por razones de eufonía), el sustantivo águila es gramaticalmente femenino. Se emplea el únicamente para evitar la cacofonía de “la á…”.

En la época de Félix María Samaniego (siglo XVIII), esta regla aún no estaba plenamente fijada, y era común encontrar expresiones como la águila en registros literarios o poéticos.
Además, en este caso, la métrica del verso pudo haber influido en la elección.

Así, la águila en la fábula no es un error, sino un reflejo del uso lingüístico de su tiempo.

Esta fábula la trae al Fabulario Don Alejandro.