La alacena

por Juan Eugenio Hartzenbusch

español · 1806–1880


Caminando un Relator
Del Consejo de Ultramar,
Hizo noche en un lugar
En casa de un labrador.

   En servicio del viajero
Iba un paje maragato,
Mozo de excelente olfato,
Y excelente majadero.

   Cenaron en paz de Dios,
Trataron de madrugar,
Y hubiéronse de acostar
En una alcoba los dos.

   Veíanse en los costados
De la estancia, frente a frente,
Iguales perfectamente,
Cuatro postigos cerrados.

   El un par era un balcón;
El otro correspondía
A una alacena, en que había
Seis quesos de Villalón.

   Cogió el sueño tarde y mal
El Relator, y durmiendo
Creyó sentir el estruendo
De un turbión descomunal.

   Despertó, y al camarada
Le dijo: « Ved si el ordiente
Clarea, y si da el ambiente
Olor de tierra mojada. »

   Saltó el paje de su lecho,
Y a tientas de mano y pie,
Por ir al balcón, se fué
A la alacena derecho.

   Abrió, zampó la cabeza;
Y aunque miró y remiró,
Tan negro el boquete halló
Como el resto de la pieza.

   Pero un olor en seguida
Percibió en aquel recinto,
Que le pareció distinto
Del de tierra humedecida.

   Y levantando ex profeso
La voz el muy avestruz,
Dijo: « Ni lluvia, ni luz:
Está oscuro y huele a queso. »

   Así, ciega y tontamente,
Críticas gacen famosas
Los que no miran las cosas
Desde el punto conveniente.

   Tacha de oscuro y condena
Tal concepto Santillana;
Y es que huye de la ventana,
Y se asoma a la alacena.

Esta fábula la trae al Fabulario Don Alejandro.